Sin rumbo

He estado ahí.

Con mil ideas, mil tareas, mil pestañas abiertas… y cero claridad.

Creía que avanzar era hacerlo todo.

Que cuanto más ocupada estuviera mi cabeza, más productivo sería.

Pero lo único que lograba era ruido.

Durante años fui hombre orquesta: tocaba todos los instrumentos a la vez, sin darme cuenta de que mi energía se estaba yendo por los bordes.

No faltaban ganas, faltaba dirección.

Un día paré.

Y entendí que sin rumbo no hay proyecto, y sin proyecto, todo esfuerzo se diluye.

Aprendí a soltar, a delegar, a definir lo esencial.

A decir “esto sí” y “esto no”.

A volver a lo simple.

Desde entonces, cada paso nace de una pregunta:

¿Esto me acerca o me aleja de lo que quiero construir?

Porque no se trata de hacerlo todo, sino de hacerlo con sentido.

Y eso solo ocurre cuando hay claridad.

Así que antes de planificar, de llenar tu agenda o de apretar el acelerador, detente.

Mira hacia dónde estás yendo.

Define tu rumbo.

Solo entonces aparecerá el proyecto.

Y lo demás, simplemente, fluirá.

Deja un comentario