Hoy he terminado de organizar un proyecto.
Cuando lo cerré, me fui a hacer deporte.
A la vuelta, en el coche, se encendieron las bombillas de una nueva idea.
Así, sin más.
Lo curioso es que no era una idea nueva. Era ese proyecto que lleva un año dando vueltas en mi cabeza, esperando su momento.
Y claro, al escribirlo, al montarle el esqueleto, la emoción volvió a dispararse.
Hasta que, en mitad del impulso, dije alto.
Paré.
Puse una música suave, cerré los ojos quince minutos y respiré.
Bajé la idea a tierra.
Y ahí me di cuenta: si me meto ahora en este nuevo proyecto, por muy apasionante que sea, me voy a perder.
No quiero volver a esa sensación de dispersión.
No quiero saltar de una cosa a otra solo porque el cerebro pide más movimiento que el cuerpo.
Sinceramente, no me apetece perderme.
No todavía.
Este impulso de empezar algo nuevo apenas lanzo un proyecto es un viejo conocido.
Siempre ha estado ahí.
La impaciencia.
Esa costumbre de mirar el siguiente paso antes de pisar el que tengo delante.
Durante años me pasó igual: en cuanto empezaba algo, ya estaba soñando con lo siguiente.
Nunca disfrutaba del presente, del proceso, del ahora.
Y lo curioso es que no era falta de foco. Era exceso de deseo.
Ganas de más.
Pero hoy fue distinto.
Hoy decidí frenar.
Decidí dejar el nuevo proyecto en la recámara, escribir cuatro notas y cerrar la libreta.
No lo entierro. Solo lo guardo en la nevera.
Seguirá madurando, pero con calma.
Cada cosa a su momento.
Y estoy contento.
Contento de haber frenado el impulso de irme a otro lugar de estrés.
Contento de disfrutar, por fin, del proyecto que está en marcha.
Cuando se estabilice, cuando fluya solo, cuando marche por sí mismo…
entonces sí, volveré a por ese otro.
Por ahora, toca estar aquí.
Presente.
Disfrutando de este proceso sin correr hacia el siguiente.