He vuelto a caer en sus manos: en las del estrés.
Pero esta vez fue de forma absurda. Me fui cargando de tareas, una tras otra, sin darme cuenta.
Activé las alarmas, sí, pero no las escuché.
Hasta que, por algún motivo —abdominal, zurdo, visceral— el volcán explotó.
Y, como casi siempre, explotó en el peor lugar: con mi familia.
Con mis hijos, con los que más quiero.
Un cabreo absurdo que me duró todo un día.
Lo bueno, al menos, es que ahora me doy cuenta.
Sé lo que me pasa.
Pero cuando estoy en ese momento de cólera, es como si me saliera de mi propia realidad.
Me dejo llevar hacia ese estrés que me destruye.
Me suben las pulsaciones, me sube la tensión.
¿Para qué?
Para nada.
Creo que he acumulado demasiados años de estrés.
Y, como una tendinitis mal curada, en cuanto fuerzas un poco… vuelve el dolor.
Me pregunto: ¿de qué sirve estar así?
La verdad, no lo sé.
Quiero estar bien, pero me pongo mal.
Me exijo hacer todo perfecto, y al hacerlo, vuelvo a mi infancia, a esa juventud donde siempre hice lo correcto, no lo que me gustaba.
Y eso me revienta.
Viene del pasado, de ese pasado que no quiero mirar con ira ni con nostalgia.
Solo quiero estar tranquilo.
Vivir.
Pero en este mundo actual hay que hacer tantas cosas al día que apenas queda tiempo para recuperarse.
Por eso he tomado una decisión: parar.
No dejarlo todo, sino aislarme de los focos de estrés.
Buscar lo que me hace bien.
Hablar con mi familia de lo que me preocupa, de lo que me tensa, para que me ayuden a comprenderme.
Creo que eso es importante.
No quiero callarlo más.
Quiero seguir haciendo lo que me gusta: transmitir experiencias.
Por eso comparto este momento.
Este estrés no viene de la nada.
Es fruto de mi vida como entrenador, de la incertidumbre constante que se vive en este oficio.
Una enfermedad silenciosa: el estrés cronificado.
¿Cómo reducirlo?
Con paciencia.
Aceptando lo que sucede.
Repitiéndome cada día este mantra:
“Si tiene solución, ¿para qué preocuparse?
Si no la tiene, ¿para qué preocuparse?”
Vivir en paz conmigo mismo, esa es la meta.
Seguir conociéndome un poco más cada día.
Estar en armonía conmigo y con mi entorno.
Y recordarme algo que me hace sonreír cada vez que lo pienso:
No metas círculos en cuadrados.