Después de una subida, puedes encontrarte un llano —si estás en un valle— o un descenso. Hoy estoy en el valle.
¿De qué hablo? De los subidones de adrenalina después de un match, después de ponerte nervioso. De eso hablo.
¿Qué hago para bajar? Primero, respirar. Tomar conciencia de lo que me ha pasado. A veces me avergüenzo de cómo me he comportado, pero dura poco —por fortuna—, porque tomo conciencia rápido de lo que ha ocurrido y de que no quiero que se repita. Aunque ya sabemos que se repetirá.
Si llevas años dentro del estrés —o sigues en él— es difícil bajarlo, minimizarlo y, por qué no, aprender a disfrutarlo.
El estrés revienta el cuerpo: físico y mental.
A mí me pasa muy a menudo. ¿Y al día siguiente? Estoy roto. Siento que llevo el cuerpo al límite durante esos momentos de tensión. No creo que sea bueno.
No soy experto en medicina, pero me revienta por dentro; así que bueno no será.
Cuando estoy así, vuelvo al foco: a mis rutinas, a mis hábitos, a moverme, a sentirme vivo. Y, sobre todo, a respirar profundo. A sentir cómo el aire entra en mis pulmones.
Esa es la forma de darme cuenta de que lo que ha sucedido me hace daño, de que no debo dejar que el estrés me controle. Debo aprender a minimizarlo para no reventarme —mental y físicamente.
Pero, siendo sincero, todavía me gana. Voy a seguir, cada día, vigilándolo, hasta que decida irse de mi lado; porque el estrés, en este mundo actual, nos mata.
Creo que nos creamos estrés innecesario por ser aceptados, por conseguir cosas que no tienen mucho sentido y que son efímeras.
La solución: desapegarse y dejar hacer. Sobre todo, aceptar que lo que pasa conviene. Si hemos tenido que vivir una situación complicada, aceptarla, aprender y convertirla en aprendizaje, para que, si vuelve a suceder, no nos reviente el día.
Con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.