El control

No sé a ti, pero a mí me estresa no tenerlo. Me genera incertidumbre, ansiedad.

Durante años creí que la clave era controlar cada detalle.

Pero te voy a contar un secreto: no existe la fórmula mágica para controlarlo todo.

Y, si existiera, sería insoportable vivir así.

He tenido que aprender —a hostias, como casi todo— a dejar de controlar.

Tarea complicada para alguien como yo, que necesita tener siempre un plan, un orden, una ruta.

Pero desde que entendí que no puedo controlarlo todo, me siento más tranquilo, más ligero.

(Ojo: no siempre lo consigo.)

Estoy aprendiendo a delegar, a no meter la nariz en todos los fregados.

A eso le llamo la autovía.

Me he puesto límites.

Normas flexibles, pero normas al fin y al cabo.

Como en un juego: para que ocurra X, deben darse X + Y.

Muy simple:

si me meto en un proyecto, tiene que estar dentro de mi autovía.

Eso significa que esté alineado con mis valores,

que sea escalable y sostenible en el tiempo,

y que me paguen lo que considero justo en esta etapa de mi vida.

Y, sobre todo, que me dejen trabajar tranquilo,

sin procesos burocráticos infinitos ni infiernos administrativos.

Es una forma de control, sí.

Pero es un control sostenible, porque aprendí que vaciarme en proyectos sin sentido

solo me llevaba a la frustración.

He acabado muchas veces así: agotado, desilusionado, cabreado como un mono.

Antes me metía en todo sin saber hacia dónde iba.

Esa era la pasión de un joven con hambre, pero también con poca dirección.

Lo peor no era solo perder tiempo y energía: era no ganar nada con ello.

Cansado y sin dinero. Doble idiotez.

Ahora no.

Si las reglas del juego no me convienen, no juego.

Tan simple como eso.

Aunque mi impulso a veces quiera arrastrarme,

me detengo en el borde de la autopista y me digo:

“Esto está fuera de la carretera. No podemos ir por ahí.”

¿Lo consigo siempre? No.

Pero ya no tropiezo en el mismo sitio.

Y lo mejor: voy más recto y más rápido hacia donde quiero llegar.

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